domingo, 9 de mayo de 2010

ENTRE EL DIAGNÓSTICO Y EL PROPEDÉUTICO; CONOCIÉNDOSE UNO MISMO.

Boyson (citado por Gray, 1990) decía que tenía un para analizar la calidad de las escuelas (se refería a las inglesas).
En su opinión bastaba con analizar tres cosas: la cantidad de basura desparramada por el patio, el entorno del centro, la cantidad y calidad
de los graffitti en los lavabos y el ángulo en el que los estudiantes mantienen sus cabezas durante el tiempo de clases (la posición que
expresa una mayor calidad son los 45 grados; por debajo de esa altura los estudiantes están, sin duda, durmiendo; por encima de ella,
la vista perdida en el espacio infinito, se trata de una rebelión patente).



Actualmente en nuestro quehacer áulico, se ha insistido en el desarrollo de las competencias y de la participación de los alumnos en el diseño, preparación, evaluación de nuestro curso. Por otra parte se torna un requisito indispensable para la puesta en marcha de la materia: partir de las carencias, intereses y expectativas de los alumnos. De tal suerte que se diseñan dos cursos al inicio de cada materia: uno de diagnóstico y uno propedéutico, variando en días de acuerdo a la disponibilidad de los horarios o de las diferentes actividades de las instituciones educativas.

Al analizar junto con los alumnos el programa de estudios y al conocer las deficiencias o en su caso los antecedentes necesarios para iniciarlo, es conveniente que además se medite sobre uno mismo, para lo cual sería favorable pensar sobre qué resultados deseo alcanzar; pero al hacerlo imaginar el peor de los escenarios –no aprendieron, no se fijó ningún contenido, esto es nuevo para mí, las dinámicas fueron motivo de mayor relajo, suspensión de clases, catástrofes, pérdida de tiempo …- Además considerar que no van a suceder en lo futuro sino en este momento, traerlo al presente, por ejemplo, se implantó una dinámica y el grupo se salió de control, cómo lo resuelvo, cómo actuó. Este ejercicio nos permitiría prever situaciones y tener recursos para manejarlos adecuadamente.

De esta manera no solamente están en juego los requisitos de mis alumnos sino uno mismo está poniendo a prueba sus capacidades y se está allegando recursos que le serán muy útiles en el desarrollo del curso. Esto implica un cambio de mentalidad y de no ver estos cursos como pérdida de tiempo. Freinet reconocía que cada docente que identifique los problemas de su práctica educativa, busque una comprensión de los mismos y, sobre todo, genere estrategias didácticas propias –articulaciones teórico-técnicas- estará en la posibilidad de generar aprendizajes duraderos para los alumnos.

En la misma línea de reflexión, también puede incluirse como punto de referencia, lo que se hizo en el primer semestre. Qué funcionó, qué se dejó de hacer, qué fue lo que causó un mayor impacto, cuáles fueron los aciertos o desatinos en la evaluación. Trasladar los aciertos o desaciertos pasados a nuevas situaciones –en este caso para algunos, otro grado, otros alumnos- enriquecen nuestra práctica, no se trata pues, de simplemente desear o tener buenos propósitos para esto nuevo, sino tener un sustento que permita estimar varias consideraciones para mejorar nuestra práctica educativa.

Otro punto a considerar para el desarrollo de los cursos diagnóstico y propedéutico es lo referente al contenido. La organización de lo que se enseña tiene una lógica (de lo general a lo particular; de lo concreto a lo abstracto, de lo sencillo a lo complejo, del antecedente al consecuente, en todos los casos puede ser viceversa). Pero la estructura propia de una disciplina puede ser inversamente proporcional a la estructura del pensamiento que se genera en el proceso de construcción psíquica de la misma. Para ello Ausubel propone como primer paso la adquisición de conceptos. De tal manera que es indispensable que revisemos el número mayor posible de conceptos de nuestra materia y mediante el recurso que consideremos más adecuado acerquemos al alumno a ellos.

Dando otros elementos más que debemos incluir en nuestro análisis, cabría considerar diferentes escenarios; esto es, dar la clase en la biblioteca, en el salón de usos múltiples, en el patio, en el laboratorio, tal vez en el centro de cómputo. Además del uso de recursos y materiales con que de momento cuente la institución, o bien con materiales hechos por los alumnos (se habla de que en la semana de la ciencia y la tecnología en una escuela, se construyó un túnel de la ciencia) pues en la medida que el alumno manipule y haga uso de otro espacio se rompe la monotonía en la que posiblemente nos hemos conducido y se hace partícipe de un aprendizaje. Es pues necesario reflexionar también sobre este punto al diagnosticar y evaluar nuestro curso, cómo puedo hacerlo, que temas se prestan, en qué momento del desarrollo del programa es pertinente. Se precisa que lo que los docentes hacen viene condicionado por lo que ellos pueden hacer, y lo que pueden hacer (o deben hacer) viene condicionado por la institución a la que pertenecen, sus propósitos y programas, su organización, su cultura institucional, sus recursos, su estilo, sus normas.

También es importante, aprender de la escuela de la vida. Esto es, nos ha tocado ser testigos de una inmensa catástrofe, pero lo más delicado sería que no aprendamos de ella. En este caso nos referimos al terremoto que sacudió la isla de Haití. Es penoso ver por la televisión, como la población padece de lo más indispensable pero, más embarazoso aún es que la misma población no pueda hacer nada al respecto. Con palos pareciera ser que la autoridad, los conducen de un lado a otro; se sabe que no hay suficientes médicos, pero en un gran número de casos más que médicos se requiere personas que puedan asistir adecuadamente a un enfermo, poner una inyección, un vendaje… (Esto lo pueden hacer los propios haitianos) Cuantos cursos pudiéramos dar a nuestros alumnos de educación para la salud o para el adolescente, cuál sería el éxito de estos, si ante una catástrofe de esta naturaleza, nos quedáramos impávidos. Es necesario saber actuar y crear conciencia de la importancia que estas materias tienen, aquí hay un inmenso trabajo y una gran oportunidad para actualizar nuestro programa.

Otros recursos que podemos acercar y que los alumnos han apreciado favorablemente son: diálogos con el autor, la presentación de obras de teatro y la salida didáctica que requieren el compromiso y el trabajo de varios docentes. Tenemos que abandonar nuestra forma autónoma e individualista y para ello, se convierte en un , pues las barreras y los obstáculos para acercarme a los compañeros esta en uno. Pongo para ello el ejemplo de los propios alumnos, cuando a veces hay un alumno que no nos entiende no falta quien sí y a él se acercan. Es entre iguales como muchas veces se logra comprender, creo que lo mismo deberíamos hacer nosotros. Aquí también cabría señalar la importancia de mantenernos al día con el desarrollo o avance que tiene nuestra materia, lo que podría dar pie a revisar y sugerir bibliografía y para ello una visita a las librerías no estaría de más. Es infinita la gama de posibilidades que pueden darse, cuando uno reflexiona y analiza lo que ha sido nuestra práctica y lo que puede hacerse realmente para innovarla.

Es pues este documento no una suerte de buenas intenciones si no una invitación a la reflexión, al análisis de nuestro quehacer áulico, de nuestro papel como docentes y de reconocernos como tal, en pocas palabras, al encuentro de



El objetivo del aprendizaje-acción es la enseñanza de la persona a si misma de modo que no sólo abarca el aprendizaje del estudiante, ni siquiera el aprendizaje sobre la enseñanza, sino el aprendizaje sobre uno mismo como profesor y la utilización de la reflexión para llegar a ser un profesor mejor.

federico gerardo gutiérrez garcía

Bibliografía


- DIAZ, Barriga Ángel. El docente y los programas escolares. Edit. iisue. México, 2009.


- FOUCAULT, Michel. Tecnologías del yo. Edit. Paidós. España, 1990.


- GIBBS. Cambiar la enseñanza universitaria. Edit. Narcea. España


- ZABALZA, Miguel Ángel. Competencias docentes del profesorado universitario. Edit. Narcea, 2005.

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